Agosto 21, 2026

Me tomo mi café, pero no tengo hambre. Aun así, me asomo al refrigerador con la intención de que algo se me antoje y abro el cajón de las carnes frías. Al ver sólo mantequilla y queso untable, siento una punzada en el estómago. No hay vuelta atrás, pienso atormentada, hoy tengo que ir a la espeluznante fila del jamón.
Salgo tranquila de la casa y aunque hay poco ruido en la calle, siento calor como si ya fuera mediodía. Decido distraerme con la música, me pongo a cantar y en un instante me transformo en la Trevi. Hay tráfico, motos por todos lados y las patrullas que nos hacen circular por Lázaro Cárdenas como si estuviéramos detrás de un camión de la basura; nunca he entendido su intención ni la estrategia, pero lo más sensato es vigilar nuestra velocidad y pasar por desapercibidos.
Tres canciones después, llego al estacionamiento del súper, encuentro un lugar en la sombra y sonrío sin pensarlo; me siento afortunada y aliviada al mismo tiempo. En este momento el aire se siente espeso y el día parece llenarse de fuego. Adentro, la gente se desplaza con prisa entre los pasillos. Hay una congestión de carritos en el área de frutas y verduras. Los empleados que acomodan fresas, uvas y zanahorias parecen atrapados entre dos relojes: el de los clientes que quieren escoger primero las uvas más frescas y el del jefe que los apresura desde lejos para que terminen de acomodar la mercancía.
Sigo avanzando apretada entre la multitud, siento la amenaza de las abuelitas distraídas e inexpertas desplazándose por la zona en los carritos eléctricos y noto que no estoy muy lejos de ellas; estoy igual de distraída entre mis pensamientos como cuando busco mis lentes y después de un rato descubro que los traigo sobre mi cabeza. Decido concentrarme y reviso con atención mi lista. Pongo en el carrito fresas, uvas, mangos, espinacas, champiñones y zanahorias; pregunto por las manzanas de Saltillo a un empleado con cara de pocos amigos y me dice que solo llegaron las de Chihuahua. Me detengo a ver un shampoo, cremas para el cuerpo y reviso si hay algún vino blanco que me cierre el ojo. Sin más remedio, estoy parada en la fila del jamón.
En un inhalar y exhalar ya contabilicé las personas que están adelante de mí esperando ser atendidas y mi turno es el número 5; mi mente empieza a trabajar, realiza cálculos matemáticos estimando el tiempo de espera, pero un ruido la saca del trance. Volteo hacia atrás para darme cuenta que ya no soy la última en la fila y eso me relaja. Estoy a una persona de ser atendida y la señora en turno pide jamón: ¿señorita, me da una rebanada gruesa? que sea así, y le señala con sus dedos un grosor que ella asegura que es estándar. También quiere seis rebanadas delgadas, pero no tan delgadas.
Por fin es mi turno y me toca la señorita nueva. La veo ir de una etiqueta a otra hasta encontrar la mía. Empieza a rebanar y las láminas son tan delgadas que puedo ver los hoyos en ellas. Sonríe y me pregunta que si así están bien. Yo en modo zen le digo que por favor las siguientes las corte más gruesas. Ya importa poco cómo son las rebanadas porque yo lo que quiero es salir de ese lugar. Ver que hay seis señoritas y sólo dos nos atienden, me asfixia. Las cuatro que están más atrás, están limpiando los aparatos, barriendo el piso, poniendo plástico a las piezas de jamón y queso y platicando de lo que pasó con sus vecinos o sus familias. Una de ellas les cuenta que hoy casi no llega a tiempo porque hubo un accidente en el camino y la otra se queja del calor que pasó la noche anterior. Es admirable cómo a pesar de las dificultades están ahí atendiendo clientes que parecemos guardianes del tiempo. Mi jamón sigue detrás del mostrador pero una parte de mí ya está en las cajas y con el ticket en la mano.
Salgo con mi jamón de la zona de carnes frías y busco mi carrito por todas partes hasta que un señor con bigote y botas me dice: No se preocupe, lo dejó allá en la esquina del pasillo de los vinos. Ahora sólo quiero llegar a casa, servirme una copa de vino y celebrar como se merece alguien que ha sobrevivido a la fila del jamón. Y quizá la fila del jamón nunca ha sido el problema. Tal vez somos nosotros que siempre estamos midiendo el tiempo y perdiendo la paciencia.
–lamadamefit–
¿A ti cómo te va en la fila del jamón?
Una respuesta a «La fila del jamón»
-
«No hay vuelta atrás, pienso atormentada, hoy tengo que ir a la espeluznante fila del jamón.» 🤣😂🔥
¡Gran entrada! ¡muchas felicidades Blanca! que vengan muchos textos más.
Me gustaMe gusta
Deja un comentario