
Septiembre 10, 2026
Cuando tus papás ya no están, te sientes vacío, solo y desorientado. La aguja de tu brújula se mueve en todas direcciones y no sabes hacia qué punto avanzar. Estás aturdido, con la mente nublada y los pies pesados, sintiendo ese hueco en el estómago que no es hambre, sino dolor; un dolor que, hagas lo que hagas, no desaparece.
Entonces te preguntas quién eres ahora y te sobra el tiempo que antes ocupabas hablando con tu mamá por teléfono. Y el corazón se divide entre ternura y nostalgia cuando tus hijas te recuerdan las travesuras que compartían con ella, o cuando tu mente vuelve a aquellos sábados de fútbol y recuerdas que la diversión se fue con la Tita. La rosca de Reyes, buscar huevitos de Pascua y cualquier festejo de cumpleaños parecen buscarla para festejar; esas tradiciones todavía esperan verla llegar. Entonces tu cara se encuentra en una encrucijada y no sabe cuál de sus lados mostrar. Es como un paisaje donde por un lado se asoma un rayo de luz cálido y brillante dándote alegría al recordarla y por el otro llegan las nubes grises a cubrirlo haciendo notar que ella ya no está.
¿Y qué decir de él? Siempre fuerte, serio y firme para tomar decisiones pero a la vez el más alegre y festivo. Su presencia tenía peso, pero también tenía fiesta. Amaba la Navidad y tenía una manera muy suya de darle un toque especial a cada reunión decembrina, ya fuera con la familia o con los amigos. En Nochebuena le gustaba llamar a sus seres más cercanos y se vestía con saco y corbata como una distinción a la fecha, para hacer notar que era un día especial. Era la definición de un artista. Su mente era una fábrica inagotable de ideas y hacía hasta lo imposible por convertirlas en proyectos. Ahora solo queda el eco de su magia. Como un lienzo que se quedó esperando la siguiente pincelada de color.
Y entonces vuelves a preguntarte quién eres. No importa cuántos años tengas; de alguna manera sigues siendo un hijo que extraña una llamada, una plática, un abrazo o solo la tranquilidad de saber que ellos estaban ahí. Es como estar en un escenario frente a un público desconocido y no poder reconfortarte porque la primera fila está vacía. Cuando se van los dos, no solo queda ese silencio de su ausencia; se pierde una parte del mundo que habías construído junto a ellos y ahora te toca reinventarte, encontrar una nueva forma de habitarlo cuando quienes conocían tu historia desde el principio ya no están para contártela.